"¿Conoces la expresión el tonto del pueblo, verdad? Bueno, pues si todos los tontos de cada pueblo se mudaran a un mismo pueblo, tú serías el tonto de ese pueblo."
Esta frase de su madre llevaba cuatro años resonando en su cabeza y aún no la pillaba del todo. Para empezar, Tomás ni siquiera vivía en un pueblo. De hecho, lejos de vivir en un pueblo, resulta que vivía en una ciudad. Pero lo que tenía bastante claro era que le había llamado tonto, así que nunca le confesó que no había entendido su frase para evitar darle la razón. Razón que obviamente no tenía, Tomás se había sacado la carrera de Marketing y en cuarto había una asignatura de economía. ¿Os parece, a caso, fácil la economía? De hecho, lejos de ser fácil, resulta que es difícil.
Después de terminar las prácticas como community manager en una tienda de retales textiles llamada "Vaya Tela", Tomás tomó la que hasta entonces era la decisión más importante de su vida: iba a abrir su propio restaurante. No le interesaba especialmente la gastronomía, de hecho, lejos de interesarle, resulta que no le interesaba nada, pero había tenido una idea reveladora que no podía pasar por alto: el local sería SECRETO. Alquilaría un piso secreto en una zona poco conocida de la ciudad, prepararía un menú cerrado secreto que iría cambiando mes a mes y el morbo de los clientes haría que la noticia corriera de boca en boca. No podría tener redes para promocionarse, ni página web, ni teléfono para recibir reservas, ¿pero qué importan los detalles cuando se tiene una idea tan buena como esta?
Llegó el día de la inauguración, no se había esforzado tanto en su vida. No sabía bien cuándo ir al restaurante porque la hora era secreta, pero decidió ir pronto para que no le pillara de golpe la ola de clientes curiosos. Abrió una botella de vino y, después de cinco horas, se sorprendió a sí mismo terminándola solo. Ni una sola persona cruzó la puerta, pero eso quería decir algo importante: lo de que fuera secreto estaba totalmente logrado. "¡Jódete, mamá! ¿Quién es el tonto ahora?"
Pasó la semana, se vio cada día en la misma situación y entendió que realmente necesitaba clientes. Pero era Tomás, y a Tomás le sobraban las buenas ideas. Creó una cuenta de Instagram de difusión semi-cultural para secretamente promocionar su restaurante secreto, pero tampoco funcionó. De hecho, lejos de funcionar, resulta que no funcionó para nada. Así que decidió acudir al medio tradicional, al medio castizo, al medio categórico: el periódico.
Volvió al restaurante y envió el siguiente anuncio:
"¡Atención, lector! Quienquiera que esté dispuesto a vivir una experiencia única sepa que un restaurante secreto ha abierto en la ciudad. Uniendo las letras mayúsculas de este mismo anunció podrán descubrir la ubicación exacta. Imaginen qué pasada..."
Se abrió otra botella de vino y esperó impaciente a las comandas.
1 comentario
Y asi tampoco quedó claro y lo encontraron varias semanas después congelado con su vino y sus secretos